GRACIAS ROSARIO POR EL FIPR, GRACIAS FIPR POR LA POESÍA

El año pasado tuve la suerte de participar en el que considero el mejor festival de poesía del mundo. Tampoco es que conozca tantos festivales de poesía en el mundo, pero el Festival Internacional de Poesía de Rosario es realmente uno que marcó muchas trayectorias de poetas que conozco, incluida la mía. Me enteré de su existencia en 2017. Estábamos en Buenos Aires con Sofi porque habíamos participado de una escritura y lectura colectiva organizada por Yamila Yábale en el Centro Cultural Recoleta junto con otrxs poetas de Rosario y CABA. Ella nos contó que abría la convocatoria a una residencia de poesía para jóvenes en Rosario. Ese año yo tenía 23 para 24 y el tope de edad era 25. Cuando sucedió la apertura, mandé pero no quedé. Bah, no me acuerdo realmente si mandé. Reviso ahora el mail para ver que no esté inventando recuerdos al pedo, pero los últimos mails que tengo guardados son de años posteriores. Al año siguiente sé que mandé porque quedé y fue una de las experiencias más fabulosas que tuve. En la residencia fui a los primeros talleres y clínicas de poesía. Ahí me di cuenta de la importancia de leerse con otrxs, de leer a otrxs y hablar de lo leído. De ahí también quedaron grandes amistades y gente que aprecio muchísimo. También la posibilidad de estar cerca de grandes poetas y animarme a saludarlxs aunque sólo sea para decir "me encantan tus poemas" (con algunxs no me animé, como con Tamara Kamenszain y ahora no lo voy a poder hacer nunca. Pero dónde sea que estés, Tamara, me encantan tus poemas).
El FIPR nació en el 93, pero tiene mi edad porque los años se cumplen por vencido y las ediciones de los festivales se cumplen al día. De esas 33 ediciones asistí a 5 aprox: una como residente, otra como feriante, otras como asistente y a la última como invitada. De cada experiencia me llevé mucho más que botines de libros, también amigxs, mucha data y sobre todo entusiasmo y ganas de leer y escribir.
En el medio de todo eso pasó que tuve una racha en la que no escribí nada de nada. Había empezado a trabajar como docente y eso quita gran parte de la predisposición para el reposo que requieren los poemas. Entonces, a principios del 2024 me obligué a escribir todos los meses. Algo, un poquito. De ahí salieron muchos poemas que todavía tengo que corregir. Mientras tanto me di cuenta de que no hay apuro por publicar, que hay que dejar que el poema se desarrolle, que tome su forma particular. Me enojé con mi joven yo por haber insistido en publicar poemas incipientes y catárticos. Después entendí que esa manija fue la semilla que me llevó a seguir aprendiendo, a prestar atención y escuchar a otrxs. Seguí haciendo clínicas que me ayudaron mucho a entender qué pasaba en esos textos, como las clínicas con Julia Enríquez y Daniel Helder en la penúltima edición del FIPR. Pensé que me iba a poner mal que mis poemas sean desarmados y revisados en cada hilito de su hacer, pero leí a Levertov y entendí que las palabras que nos ayudan a dar el salto, luego pueden quedarse atrás para dar lugar al poema. Volví a considerar la métrica como herramienta para pensar el ritmo de los poemas, no sólo de las canciones, pedí recomentaciones de textos que aún tengo pendientes. Aprendí que aunque no esté produciendo igual algo está pasando en la protoescritura.
Al año siguiente de ese inpass sucedió algo espectacular: armamos un grupo e hicimos un festival. Nació por la idea de juntarnos a leer y salió otra cosa que superó cualquier expectativa. Un grupo de amigxs haciendo algo que nos gusta ya es un montón y la perspectiva de hacerlo todos los años muchísimo más. Ahí aprendimos a gestionar más cuidadosamente un evento, previendo lo que pudiese acontecer, recalculando cuando el plan se desbarataba, recibiendo un gran apoyo por parte de muchxs. Afluente, un festival que necesitaba salir al mundo para compartir la alegría de leernos. 
El año ya estaba bastante bien con eso, pero después pasó lo impensado. El último día de septiembre recibí la invitación para participar del FIPR. Miré anonadada la notificación del celular y me emocioné. Realmente no lo podía creer. Antes de responder el mail, les mandé un audio a mis compas de Afluente y ya se pusieron en campaña para ayudarme a elegir los poemas que leería. Había mucho inédito con una voz y una dicción más ajustada. Pensamos qué tipo de poemas leer en la mesa y qué otros leer en la trasnoche. Después de la clínica de Helder había vuelto a escribir poemas sin ningún juego o imposición. Gonza me dijo que armara un archivo e imprimiera mis poemas, pero no sabía qué formato darle y finalmente no llevé nada y después me arrepentí: todxs tenían algo para compartir. En la habitación del hotel me puse a elegir poemas para escribir a mano y regalar a Eva, Anaclara, Marlene, Mati, Kako, Luisi y tantxs otrxs que estaban ahí. Después me dio vergüenza y no los entregué. 
Ese fin de semana fue fantástico, como siempre lo es cuando sucede el FIPR. Paseamos, leímos, charlamos, escuchamos, compartimos, comimos, escabiamos, rancheamos, cantamos, perreamos, pogueamos, lloramos, nos abrazamos y nos dijimos algo así como "hasta pronto, que la poesía nos reúna una vez más". 

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