PERDERSE EN EL BOSQUE DEL MAR O ELOGIO A LOS COMIENZOS

Es enero y a diferencia de otras veces, no estoy con muchas ganas de empezar un nuevo año. Es raro de mi parte porque suelo ser muy entusiasta de los comienzos, pero me está costando bastante desearnos un buen año. Lo diviso turbulento y hasta me da miedo el porvenir. 
Enero siempre fue un mes de desconexión, de aprovechar el freno laboral con lectura intensa. De chica sacaba el máximo de préstamos posibles en la Biblioteca Soutomayor de Esperanza. Leía compulsivamente, con hambre voraz. Incluso como estudiante solía elegir este mes para estudiar las materias más extensas, usualmente literaturas. Esta vez me está costando mucho concentrarme. Hasta descansar me cuesta. Creo que es porque nunca había terminado diciembre tan agotada. Lo bueno es que, a pesar de todo, están pasando cosas lindas como la grabación de un nuevo disco durante unos días en Rincón y, ahora, una semana en Mar del Plata con mis hermanas. 
Como venía medio desenfocada con las lecturas no supe mucho qué elegir para estas vacaciones costeras entre el río y el mar. En Rincón no leí nada porque le metimos a las jornadas de grabación, pero para esta semana de mar decido traerme algunas lecturas pendientes del botín que había hecho en el FIPR y otras cositas que conseguí en este tiempo. Entre ellas, Pirámide de Valeria Tentoni y Avalancha de Santi Venturini, ambos publicados por Neutrinos. Miro las tapas y parecen hermanitxs mellizxs a quienes lxs visten casi iguales como para que se note que son congéneres pero no idénticxs y diferenciarlxs entre sí. Opto primero por el del Santi, ya había escuchado algunos poemas en diferentes momentos y quería revisitarlos. Lo leo casi de un tirón, con recreos propios del desplazamiento de la playa al pasto. No puede haber un mejor momento para leerlo. Justo estoy de paseo en otra ciudad, divagando en pensamientos sobre el paso del tiempo, las formas en que un cuerpo se desgasta, la búsqueda del deseo (algún deseo, cualquiera sea, pero que sea genuino). 
Un poco me pega en la fórmula de "cuando sea grande..." que ya me quedó caduca. Miro a lxs adolescentes que se suben al micro que nos va a llevar a un balneario en Punta Mogotes. "Podrían ser mis alumnxs", le digo a mi hermana. Me pregunto igual cómo seré cuando sea más grande aún, si tendré los mismos miedos, si habré cambiado de deseo, si me recordaré como me pienso ahora, si me rodearán las mismas personas, si permaneceré en la misma ciudad, si podré ser honesta con mi deseo y transformarme en una yo auténtica -si es que eso existe-, como dice una canción de Men I Trust, "I dream of my future/ Remote from time bounds/ Becoming myself in truth".
No soy una persona de datos pero sí de sonidos. Recuerdo muy bien la textura de una voz y su timbre. Cuando leo textos de personas que conozco, me imagino sus voces, leyéndome en confidencia, reavivando su cadencia y ritmo particular. Creo que podría calificar como un súper poder. La del Santi me la acuerdo muy bien, así que cada poema resuena en mi cabeza como si lo tuviera frente mío en estéreo.
Y entonces la avalancha. El título le calza perfecto. El verso se transforma en una  avalancha que te lleva puestx. Las escenas, las imágenes, el ritmo, la superposición: todo acompaña ese devenir, ese desprendimiento, un movimiento siempre hacia adelante. No es una bola de nieve, es más bien el empuje de una ola que avistaste con el tiempo suficiente para prepararte. Se fue armando a su ritmo, pero al llegar no calculaste bien la fuerza que tenía el coletazo. A pesar de la experticia que logren los años, entra agua al oído y aturde por un rato aunque no impide continuar con las zambullidas. Después del trajín y recién en reposo, el agua sale, sola se escurre con suavidad.

A medida que pasa la semana en Mar del Plata, se acumula el cansancio en el cuerpo. Arena pegada, fragmentos de piel ardida, ampollas en los pies. El ritual de cada día en la vida de hotel también es un poco abrumador. Levantarse temprano, desayunar, aceptar el colapso del ascensor, subir las escaleras con el aliento entrecortado, prepararse y salir a la aventura para volver a la tardecita y así cada vez, sumado alguna que otra discusión propia de la convivencia. Conocer, descubrir, visitar, caminar, decidir, perderse, encontrar, recalcular, seguir, llegar, salir, salir, salir.
En esa mini curaduría de lecturas, también entró una plaqueta de Kako, publicada por Urgencia y necesidad. Me lo imagino quieto y en silencio, observando Punta Alta con la mirada filosa y el nombre de las especies al dedillo, presto a cazar todas las imágenes que pueda desde donde está, comiendo alguna fruta o tomando una lata de birra. Un espectador de su propia ciudad. Arma las escenas como si también pudiera verlas y pensarme ahí. Qué ganas de ir a conocer. En el museo de Ciencias Naturales me vuelvo a acordar de sus poemas cuando veo un chimango taxidermizado. Me pregunto si en Rincón lo habré escuchado. Pienso que Punta Alta debe ser algo como acá, pero más dulce y con más humedales y vegetación.
El viaje cierra el sábado con una lectura de poesía en una librería preciosa que se llama Fervor. Me enteré cuando organizábamos una visita a la Casa del Puente con Cami para ese día y me contó que más tarde va a leer ahí. Qué mágico encontrarse con amigxs de otras ciudades. Antes de eso vamos a Villa Victoria. Recorremos la casa, interrumpiendo la puesta al día con comentarios de los empapelados, la cantidad de baños, el pequeño espacio para el escritorio, el parque magnífico lleno de agapantos y hortensias. Al terminar, ella se despide para aprontarse para la lectura, no llega con los tiempos de la otra visita. No pasa nada, ella puede volver algún otro día. Con mis hermanas seguimos hasta la Casa del Puente que en verdad se llama Casa sobre el Arroyo. A cada paso del recorrido hay expresiones de asombro a causa de los detalles de esa obra arquitectónica, pensados milimétricamente para la funcionalidad pero sin perder estilo. La calma se expande en cada rincón del bosquecito que rodea la casa. Cada ventana es una pintura. Qué lujo poder despertar ahí.
El señor del Uber que nos lleva finalmente a la librería es rosarino. Dice que se vino a vivir a Mar del Plata hace como 40 años, no me acuerdo con exactitud. Entiendo su deseo de emigración hacia esta ciudad increíble. De chica soñaba con vivir en el mar. Habíamos ido a Miramar en familia dos veces, pero no recuerdo si esa fantasía apareció antes o después. Hacía dibujos en los que diseñaba mi casa con sofá, un gato durmiendo y una ventana inmensa con vista al mar. El señor dice que en temporada alta tiene más laburo, que durante el año en general muy pocas personas se mueven en Uber. A él y a su esposa le gustan los museos, así que le contamos que fuimos a todos casi, incluso al cementerio de Las Lomas qué él también visitó. Nos faltó la Villa Mitre, donde funciona un archivo histórico que va a quedar para otro viaje.
Llegamos a la librería y está por empezar la cosa. Primero vamos a tomar una birra a la vuelta y, al escuchar aplausos, me voy corriendo para llegar a tiempo. Las chicas se quedan y nos encontramos después. Ya en la sala, me asombra la escena magnética con luz direccionada hacia un sillón y todo lo demás en penumbras. Cuando se me acostumbran los ojos, la encuentro a Cami sentada, el pelo aún húmedo. Me pregunto si habrá llegado a hacer todo lo que tenía pensado antes de leer. La veo concentrada entre papeles, ya quiero saber qué va a leer. También espero con ansias escuchar a Fer Mugica, que también lee. Mientras van pasando las lecturas, la luz se proyecta sobre las caras de lxs poetas. De a ratos entran los ruidos de la calle, exigen afilar el oído para no perder el hilo del poema. También entra el perfume de postsolar Dermaglós. Me lo sé de memoria porque tuve que usarlo insistentemente en estos días. Cuando lee Cami me pongo contenta por sus poemas, por cómo crecimos en estos años y por volver a escucharla después de tanto tiempo. Sus textos hablan del frío, un frío que quema, que inunda todo. Me interpela cómo el espacio delimita la poética de cada quien. El mar, el río, las ciudades, las personas, los animales, la vegetación. Como si el espacio sostuviera al poema. Cada poética me deja algo nuevo. Santi y los chongos, lxs amigxs y vecinxs, las pastis, el desgaste del cuerpo vivido y disfrutado. Kako y la observación filosa, los transeúntes sin nombre, sin narrativa explícita de fondo, los animales y sus comportamientos. Cami y los fantasmas, el frío incendiado del invierno, la complicidad y la ternura de un amor reciente.
Al volver al hotel pienso que vivir en Mar del Plata en invierno no debe ser fácil, tampoco volver al calor santafesino. Voy a llegar a la habitación y armar el bolso. Sé que me llevo más de lo que traje y es lo justo para emprender otro comienzo. Como en toda zambullida, cada ola es igual a la anterior pero siempre distinta.

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