SALIR A CAZAR IDEAS O LA CONTINUIDAD DEL PENSAMIENTO
Doy vuelta el vinilo de Sebastiao Tapajos y Pedro dos Santos mientras pienso en lo que estoy haciendo: dar vuelta el vinilo para escuchar el lado 2. Parece una tontera, pero siento necesaria la sincronización entre movimiento y pensamiento.
Aprovecho el préstamo de mi amigo, Jo, que quedó en casa en una bolsa de Dylan desde el día de mi cumpleaños en octubre. Es 14 de diciembre y empieza a cerrar el año.
Hay algo que pasa en esta época y es como una especie de ralentización de las cosas, una invasión de lo reflexivo. Algunxs se enojan con que ese gesto suceda ahora como si fuese un mandato social: el balance. Entiendo el ofuscamiento vinculado a la idea de una demanda. Sin embargo, hay algo del ritual que me resulta atractivo y, por qué no, necesario. Mejor ahora que nunca.
Las narrativas y las ficciones nos atraviesan. Si hay algo que hacemos como especie particular es inventar historias. Las hacemos y nos las creemos. Nos decimos quiénes somos y quiénes queremos ser, quiénes son los otros y qué sentido tienen para nuestra vida. En definitiva, las ficciones permiten construir algún tipo de sentido para la cotidianeidad en la que estamos sumidxs.
Hoy en día pasa algo que responde a la aceleración de todas las aristas de la contemporaneidad. Todo se acelera todo el tiempo. Las obligaciones, los consumos, las responsabilidades. La productividad es el concepto que transversaliza todas las prácticas diarias. Acá podría citar a filósofxs contemporáneos como Byung-Chul Han o Mark Fisher que seguramente ya lo han dicho antes─y qué importa si fue el huevo o la gallina─, aunque quizás lo que importe sea la circulación de las ideas. Sé que después de escribir esto me voy a poner a leer como la neurótica que soy para ver qué me puede aportar cada lectura. Paréntesis: siempre hago eso para no ponerme a escribir porque nunca sé lo suficiente al respecto de nada (te he fallado, Roland Barthes).
Lo que importa es que este momento reflexivo sale de una conversación y en esto es importante resaltar que las ideas no nacen de la individualidad. Distinto de quienes piensan que las grandes invenciones del mundo ─usualmente occidentales porque mucho más no conocemos de este lado colonizado de las cosas─ nacen de los sujetos por separado, como buena seguidora de la semiosis, creo que lo que conocemos como Björk o Bowie son parte de un proceso histórico y social, de un entramado mucho más grande del que únicamente solemos recortar los productos. En ese punto, está bueno recordar ─gracias, Carl Sagan─ que no somos más que un punto azul pálido en el medio del universo. Y sin embargo, wow. Cuántas cosas increíbles y magníficas suceden en ese puntito. Por ejemplo: un futuro libro sobre Bubis Vayins, una de mis bandas preferidas de la provincia y del país.
Mientras corrijo uno de sus capítulos, chateo por Whatsapp con su autor, Lucas Canalda, periodista rosarino y co-fundador de Rapto. Me doy cuenta de que estamos replicando la lógica del MSN allá por los 2000, cuando no sabíamos que íbamos a tener una computadorita encima todo el tiempo y que eso no iba a ser tan espectacular como podríamos imaginarnos en ese entonces. Debe ser porque ahora tengo una PC de escritorio cuya conexión a Internet es paupérrima y no agarra bien el wi-fi, así que se corta cada dos por tres, como una experiencia inmersiva dosmilera.
La conversación viene arrancada desde el viernes que nos reunimos virtualmente para apuntar algunas cuestiones vinculadas a la corrección del libro ─que vengo leyendo y releyendo como una adicta porque es genial─ y esa manija compartida remueve ideas de proyectos de escritura frustrados. Así, por una conversación manija, nace la reflexión y, luego, la escritura. No creo entonces que las ideas sean mías, sino que aparecen y las tomo por un momento para hacer algo con ellas ─o que ellas hagan algo de mí─ y que después sigan su curso en la cadena eterna del pensamiento. Un poco me emociona pensarlo así, porque me hace sentir parte de algo que es más grande y que no me pertenece completamente. También me libera por momentos de la neurosis en la que necesito controlar todo y ser alguien en este mundo. Al cabo que ese alcance no importa.
Lucas igualmente marca el inicio de otra jornada siempre con un saludo acorde al momento del día. Gesto necesario que deriva en la conversación que tenemos sobre la aceleración del tiempo en estas épocas en las que vivimos. Le cuento que vengo con una percepción temporal apresurada: me cuesta esperar que me abran la puerta o que termine el opening de alguna serie o la respuesta de algunx amigx. “El tiempo se volvió chicle y nuestras múltiples ocupaciones nos trastocaron por completo”, dice y respondo que es una buena imagen.
Frente a esto que detecté hace un tiempo, empecé a tomar algunas pequeñas acciones: frenar la bici y esperar en los semáforos (menos de noche o si estoy llegando tarde a algún trabajo), poner pausa al devenir mental para observar alrededor y cazar imágenes, volver a usar papel para anotar cosas o para corregir poemas, comprarme una bandeja para escuchar vinilos una y otra vez.
Empiezo este blog con esa misma premisa. Frenar un poco, aflojar la lengua, refrescar la mente. El alcance importa poco, la frecuencia también: que el devenir del pensamiento me dicte hacia dónde ir.
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